Vergüenza ajena
Tengo un serio problema de vergüenza ajena. Sobre todo con la televisión, yo creo que por eso la veo tan poco. Existen infinidad de programas, series y demás que me producen este sentimiento, que normalmente va acompañado de un abandono de la estancia donde está situado el televisor para dejar que los demás sigan disfrutando de la bazofia.(Luego me acusan de abandono y tal...)Y es que no hay buena televisión y he acabado por ver TRES (si señores tres) series americanas y todo los demás películas en DVD y esa es toda la televisión que veo. Las tres series que gozan de mi aprecio y compresión televisiva son: LOS SOPRANO (una serie imponente, ganadora de 13 Premios Emmy y 5 Globos de Oro, Álvaro nunca te estaré lo suficientemente agradecido por recomendarmela aquella noche en aquel bar), CSI: Las Vegas (ojo Las Vegas por que la de Miami es una patata pelirroja con gafas de sol llamada Horatio Caine) y por último ALIAS (protagonizada por Jennifer Garner, la Elektra de Daredevil). Y ahora que pasa, pues que Alias acabo la semana pasada su segunda temporada, a Grissom hace que no le veo el pelo y sus andares patizambos la tira ya...y Tony Soprano me va abandonar dentro de cinco episodios que le quedan para terminar su cuarta temporada...o sea que se preparen los del Blockbuster que conmigo hacen caja todos los días...
Un nuevo personaje ha hecho su aparición en casa, concretamente en esas mis macetas, la he bautizado como al personaje de Tolkien porque lógicamente se trata de una araña, y además de las trabajadoras, en poco tiempo ha tejido una inmensa tela desde la bomba del aire acondicionado al arbusto de Alibustre que tengo en la terraza. Los calores han hecho que el número de pequeños insectos que aparecen en el ambiente y en las propias macetas proliferen y ella se encarga de mantenerlos a raya, de hecho ya hay pequeños mosquitos atrapados y envueltos en la parte inferior de la tela en lo que parece ser una despensa diminuta.
Quizá en el fondo de mi ser albergaba la ilusión de que como a Spider-Man, la picadura de una araña irradiada me concediera como al increíble estudiante de secundaria, Peter Parker, poderes arácnidos...
Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, he visto a Felipe sacar un billete de 100 de su cartera para pagar la cena (tuve que tocarlo por que era la primera vez que veía uno), he visto a Juantxo metamorfosearse cual Jekyll y Hyde de televidente de Sánchez Dragó a Salsa Rosa y viceversa, he visto a Manu Piris sacar las cosas más inverosímiles del maletero de su coche (incluyendo articuli di tortura sesuale), a Luis con un flemón que parecía Popeye el marino y el otro día viendo la tele por la mañana (lo de ver es un decir, haciendo zapping, vamos) vi un atrayente lunar escotero que me invitaba a seguir pegado a la pantalla.
, tanto como a mi parienta el culo del Van Helsing, y estoy pensando a abonarme los sábados por la mañana al programa ese que presenta...como dice Palpatine en el episodio 1 "...en cuanto a ti joven Skywalker seguiremos tu carrera con gran interés"
Ya estoy aquí dándole a la tecla otra vez...Parece ser que a los halógenos del salón les ha dado por fundirse a todos a la vez. Y ¡OH sorpresa! que se abre ante nosotros un nuevo mundo de posibilidades con el tema halógeno, como dice mi amigo Iñaki (saludos Iñaki, hombre de las montañas) ¿por qué no nos enseñaron todas estas cosas en el colegio?
Hay dos cosas en este mundo que me gustan mucho: los niños y los perros, ambos me provocan un estado de tranquilidad, sosiego mental e infinita paciencia que no he logrado nunca con otro tipo de personas. Si bien los perros conservan esa propiedad hasta que mueren, no sucede lo mismo con los niños que terminan creciendo y dejan de gustarme. Durante unos catorce años tuve un perro pequinés que se llamaba Nuria (mis abuelos odiaban los nombres de perro), y digo tuve por que aunque la perra era de mis abuelos desde que nos conocimos entablamos una amistad especial. Tan particular fue el asunto, que al único que no mordió nunca fue a mí, siempre estaba conmigo y siempre buscaba mi complicidad para todo. Pasábamos muchas tardes juntos, nos sentíamos bien, sabiendo tanto el uno como el otro que estábamos ahí, ella a mis pies y yo sabiendo que allí estaba.